No es cierto, como se dice, que en todos los conflictos cada parte tenga un poquito de razón. Sí lo es que cada parte tiene sus motivos (también llamados razones para legitimarlos). Y que, muchas veces, hay una parte que quiere imponer sus motivos a la otra parte, lo que provoca que la otra parte se defienda.
Todo esto lo sabe el perro, que está harto de observar, desde su tejado, las evoluciones de los que Daniel Quinn llama “takers” en contraposición con “leavers”, en una traducción libre, los “saqueadores” en contraposición a “los que se van” o bien “los que permiten”. Y es que el ser humano es limitado y rara vez aúna en una sola personalidad el amor por la paz y el deseo de conquista; o un espíritu cultivado y una gran ambición de poder; o la creatividad y la práctica de políticas de pasillo.
Vayamos de lo general a lo particular y hablemos del curioso proceso que se está siguiendo en la Escuela de Cerámica de la Moncloa, un lugar fundado por D. Francisco Alcántara en 1911 y que desde 1920 abrió sus puertas en su actual emplazamiento, regida en colaboración por el Ayuntamiento de Madrid y el entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Una colaboración que dio expectaculares frutos hasta la guerra civil. Después de esta, la Escuela, conocida como Escuela de Cerámica de la Moncloa, consiguió sobrevivir con gran parte de su claustro anterior, por la oportuna “conversión” a la Falange de Jacinto Alcántara, el hijo del fundador, que murió en los años cincuenta a manos de un perturbado. El año 1984, marca la separación de la Escuela en dos: Una, la Escuela de Arte Francisco Alcántara, pasó a ser dependiente del Ministerio de Educación, y luego de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid que es de donde depende actualmente. La otra, la Escuela de Cerámica de la Moncloa, continuó siendo municipal. Hasta aquí, la mínima cronología que el perro puede aportar después de haber husmeado en la página de la Escuela de Arte Francisco Alcántara, en el Instituto Cervantes y en varias hemerotecas. Al perro todo le parece muy bien (excepto que mataran al hijo falangista de D. Francisco Alcántara, un Schindler español sin Spielberg que lo cante). El perro ha visto mucho desde su tejado y sabe que, en principio, da lo mismo que las escuelas se unan, se separen o se vuelvan a unir siempre que esos movimientos vengan dados por un deseo de excelencia, o de superación o de experimentación. Siempre que se hagan con la vista puesta en lo único que justifica que exista una escuela, y que es la formación de los alumnos. Por eso, al perro le parece no inexplicable, como luego se verá, sino inadmisible, que de pronto y sin previo aviso se cierre la Escuela municipal a la vez que la Comunidad de Madrid, de la que depende La Escuela de Arte Francisco Alcántara, prepara la implantación (qué horrible palabra) de unos Estudios Superiores de Cerámica. El perro no entiende bien eso de estudios superiores de cerámica. Sospecha que tampoco lo entendería D. Francisco Alcántara, perteneciente a una generación ideológica en la que el artista aprendía su oficio de cabo a rabo o no era artista. Si se considera que los estudios de cerámica deben elevarse al grado superlativo, piensa el perro, tal vez bastaría con dotar a la Escuela de Cerámica de la Moncloa con lo necesario, sea esto lo que fuere, porque el perro, que no es ceramista, no lo sabe, aunque sí sabe que rara vez mejora un proyecto en marcha cuando se comienza por cerrarlo. Mejoran, eso sí, y mucho, los intereses privados de quienes dan el cerrojazo.
Lo que nos lleva a un doloroso tema, que es el desencuentro entre el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid en las personas de sus representantes. Hace ya un tiempo que la presidenta se quiere comer al alcalde, pero no en un sentido amoroso sino en un sentido fagocitador o invasivo que recuerda mucho al avance de un ácido sobre una superficie de metal. La presidenta y su equipo de sumamente ineficaces personas (ineficaces en cuanto a servir a los demás, que es para lo que están, no en cuanto a servirse a sí mismos), no contentos con desarbolar aquello que les corresponde, se proponen desarbolar también lo que está bajo la responsabilidad del alcalde, que a su vez no sabe por dónde le vienen y se refugia en sus sueños olímpicos y sus obras urbanas. Todo ello se observa de maravilla desde el tejado, tanto las dentelladas de la presidenta al alcalde como la forma poco convincente en el que este disimula los mordiscos, quién sabe por qué fidelidades a un partido que mira hacia otro lado. Y por eso es inevitable relacionarlo con la enorme charranada que se le está haciendo a la Escuela de Cerámica de la Moncloa, una charranada que tiene, además, el estilo chulo, desagradable y pleno de ignorancia que se observa desde hace ya tiempo en las intervenciones administrativas.
Lo que el perro no puede entender, sin embargo, es por qué ese desaforado afán de destrucción institucional, que hoy tiene como objeto la cerámica y mañana tendrá otra cosa, tiene que influir en algunos de los alumnos de la Escuela de Arte Francisco Alcántara. Se diría que, en lugar de estar aprendiendo un noble oficio, se están entrenando para tertulianos de algún reality. Una de las cosas que la creación suele dar es, precisamente, perspectiva. Si alguien no es capaz de entender que el cierre injustificado de la Escuela de Cerámica de la Moncloa es una pérdida no sólo para sus alumnos sino para todos los que se dedican al oficio (también los de la Escuela de Arte) es que, o bien es excepcionalmente lerdo o bien es que sus formadores no han sabido hacer su trabajo. Si alguien cree que por cerrar la ECM e “implantar” Estudios Superiores de Cerámica el arte va a ganar con ello es que no percibe la diferencia entre unos gestores honrados y una banda de funcionarios ambiciosos e incultos.
Comenzaba hablando de los “saqueadores”. Se distinguen por ser incapaces de crear nada; su única habilidad es la de apoderarse de lo que otros han creado, y, por tanto, de echarlo a perder ya que no lo entienden. Los otros, “los que se van” llevan en sí mismos la semilla de nuevas creaciones que florecerán hasta llamar de nuevo la atención de los saqueadores. Es la historia del mundo explicada por Daniel Quinn. Una historia con un fin inevitable: cuando los saqueadores se apoderan de todo, cuando no hay ya ni un resquicio para “los que se van”, el mundo se destruye.
Desde el tejado se ve venir esa destrucción, pero también se ven asomar otras posibilidades. La mejor pasa porque los alumnos de la Escuela de Arte Francisco Alcántara, haciendo honor al nombre de su institución, se solidaricen con los de la Escuela de Cerámica de la Moncloa, la municipal. No es una cuestión de altruismo sino de inteligencia. Su apoyo haría posible, seguramente, que “los que se van” no se vayan esta vez. Que no caiga bajo el rodillo de la incultura vestida de seda una utopía hecha barro. Pero conseguiría, además, algo mucho más importante: que se escuchase, clara y distinta, la voz y el pensamiento de quienes se sintieron llamados a dar forma a ese barro con las manos y con el corazón. Que se hiciese evidente la dignidad, el decoro, la independencia intelectual del artista. Que la división, si es que tiene que haberla, no se dé entre diferentes intereses sino entre dos formas de estar en el mundo.
Y tal vez, si esto fuera posible, la estatura de los que hacen cosas comenzaría a hacer sombra a los patéticos andamios en los que se agitan quienes se apoderan de ellas. Y, con el tiempo, no resultaría tan rentable ser un parásito.
Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por
El perro en el tejado
