TIERRA DE MISIONES
Me ha llegado un correo hablando de Castro Urdiales, un pueblo de Cantabria; en él se habla del acoso que está sufriendo el actual secretario en funciones del Ayuntamiento debido a que insiste en mantener su independencia como técnico y realizar su función, que es la de informar a los políticos y fiscalizar su actuación. Parece ser que su idea de la deontología no es compartida por el equipo de gobierno, formado por el Partido Regionalista de Cantabria, el partido Popular e Izquierda Unida, ligados en esta ocasión por intereses comunes que compensan con creces sus diferencias ideológicas.
De la lectura de los tres periódicos locales se deduce que el secretario se siente amenazado personalmente por las expresiones y la actitud del concejal de Izquierda Unida, percepción que comparte con él la Junta de Personal y la sección correspondiente de la UGT; sin embargo el alcalde, del Partido Regionalista de Cantabria, resta importancia a los hechos y en sus declaraciones a la prensa emite expresiones despectivas cuando no injuriosas hacia su secretario, poniendo en duda su equilibrio mental.
Sucede además que este proceso está siguiendo casi punto por punto lo sucedido con el anterior interventor del Ayuntamiento, que tras una situación asombrosamente similar que derivó en problemas de salud, pidió la baja de su puesto de trabajo. Lo que nos llevaría a preguntarnos qué pasa en Castro Urdiales si este no fuera un caso más de los muchos que todos conocemos en nuestros respectivos lugares.
Así, de una parte tenemos a un técnico que ha llegado a un puesto de trabajo después de demostrar su capacitación para ello en uno o más tribunales; de otra, a unas personas que han sido elegidas para representar al pueblo luego de una campaña consistente en la enumeración de una serie de promesas lanzadas a la buena fe de los votantes. Los políticos deben gestionar los asuntos públicos y el técnico debe asesorarles en cuanto al procedimiento legal de hacerlo y dar su visto bueno a que todo se produce dentro de esa legalidad. Un plan perfecto que no fallaría jamás si los políticos estuviesen tan convencidos como parecen de que son los representantes del pueblo y no sus amos. Pero esto, admitámoslo de una vez, no es así.
En estos treinta años de democracia hay en nuestro país muchos reductos a los que esta no ha llegado. Arrastrados por la marcha de las grandes ciudades y a remolque de los tiempos, nuestro mundo rural se ha maquillado precipitadamente escondiendo debajo de la alfombra, a mano para sacarla en cualquier momento, su profunda convicción de que “las cosas aquí no van a cambiar”. El cacique se ha atusado con colonia de marca el pelo de la dehesa y ha hecho el paripé ante la ejecutiva del partido que sea, mucho más interesada en poner banderitas en el mapa que en procurar el bienestar de unas personas sistemáticamente ignoradas a lo largo de nuestra larga historia de menosprecio al campo, ese lugar de donde viene, para empezar, la comida que vemos en nuestro plato cada día y a donde recurrimos cada vez que nos volvemos dolorosamente lúcidos en medio del vértigo cotidiano.
Nuestros pueblos están desmoralizados, habitados apenas por los que se han quedado con la resignación como futuro y por los amos, algunos de lo cuales se hacen llamar alcaldes democráticos para seguir haciendo lo de siempre, pero con el sello de D.O. de eso que llaman Estado de Derecho. El futuro planeado para esas “reservas” pasa, indefectiblemente, por servir de paisaje a las especulaciones urbanísticas, turísticas o culturales, a veces amalgamadas en uniones contra natura que, aunque no engañan a nadie, pasan todos los controles de los alcahuetes institucionales. Por eso, cuando a esos lugares llega alguien que proviene del mundo libre, con una misión que en el mundo libre se entiende perfectamente, el conflicto es inmediato y la reacción es tan brutal como cabe esperar de una manada de lobos a quienes tratas de arrebatarles el despojo que se están comiendo.
Esta vez llega la noticia del norte; pero las hay en todos los demás puntos cardinales. Y las habrá hasta que no nos convenzamos de que nuestro mundo rural continúa teniendo unas estructuras sociales arcaicas y que, a la vez que se denuncian los abusos puntuales, hay que poner todo el énfasis en variar esas estructuras, comenzando por crear las condiciones para poder modificar la sumisión, el individualismo y el retraimiento tradicionales que continúan transmitiéndose a los que van quedando, unas personas que tienen tantos deseos como cualquiera de mejorar su vida pero un miedo ancestral al cambio que les hacer volver la espalda a los innovadores, actitud que no ayuda precisamente al éxito de estos. Para ello es imprescindible actuar desde el propio pueblo, con el propio ejemplo y con unas considerables dosis de paciencia y de firmeza. Una cuestión vocacional.
Puede parecer pretencioso decir que nuestro campo es Tierra de Misiones y esa expresión produce reacciones airadas entre los habitantes de los pueblos, cuya curiosa idea de la dignidad pasa por aceptar las vejaciones de las viejas estirpes pero no tolerar una verdad de un forastero. Pero yo creo firmemente que urge plantearse, tal vez como última oportunidad de hacerlo, el futuro de los pueblos, ese territorio secularmente esquilmado pero que es el único sitio donde algún día querremos volver.
Me ha llegado un correo hablando de Castro Urdiales, un pueblo de Cantabria; en él se habla del acoso que está sufriendo el actual secretario en funciones del Ayuntamiento debido a que insiste en mantener su independencia como técnico y realizar su función, que es la de informar a los políticos y fiscalizar su actuación. Parece ser que su idea de la deontología no es compartida por el equipo de gobierno, formado por el Partido Regionalista de Cantabria, el partido Popular e Izquierda Unida, ligados en esta ocasión por intereses comunes que compensan con creces sus diferencias ideológicas.
De la lectura de los tres periódicos locales se deduce que el secretario se siente amenazado personalmente por las expresiones y la actitud del concejal de Izquierda Unida, percepción que comparte con él la Junta de Personal y la sección correspondiente de la UGT; sin embargo el alcalde, del Partido Regionalista de Cantabria, resta importancia a los hechos y en sus declaraciones a la prensa emite expresiones despectivas cuando no injuriosas hacia su secretario, poniendo en duda su equilibrio mental.
Sucede además que este proceso está siguiendo casi punto por punto lo sucedido con el anterior interventor del Ayuntamiento, que tras una situación asombrosamente similar que derivó en problemas de salud, pidió la baja de su puesto de trabajo. Lo que nos llevaría a preguntarnos qué pasa en Castro Urdiales si este no fuera un caso más de los muchos que todos conocemos en nuestros respectivos lugares.
Así, de una parte tenemos a un técnico que ha llegado a un puesto de trabajo después de demostrar su capacitación para ello en uno o más tribunales; de otra, a unas personas que han sido elegidas para representar al pueblo luego de una campaña consistente en la enumeración de una serie de promesas lanzadas a la buena fe de los votantes. Los políticos deben gestionar los asuntos públicos y el técnico debe asesorarles en cuanto al procedimiento legal de hacerlo y dar su visto bueno a que todo se produce dentro de esa legalidad. Un plan perfecto que no fallaría jamás si los políticos estuviesen tan convencidos como parecen de que son los representantes del pueblo y no sus amos. Pero esto, admitámoslo de una vez, no es así.
En estos treinta años de democracia hay en nuestro país muchos reductos a los que esta no ha llegado. Arrastrados por la marcha de las grandes ciudades y a remolque de los tiempos, nuestro mundo rural se ha maquillado precipitadamente escondiendo debajo de la alfombra, a mano para sacarla en cualquier momento, su profunda convicción de que “las cosas aquí no van a cambiar”. El cacique se ha atusado con colonia de marca el pelo de la dehesa y ha hecho el paripé ante la ejecutiva del partido que sea, mucho más interesada en poner banderitas en el mapa que en procurar el bienestar de unas personas sistemáticamente ignoradas a lo largo de nuestra larga historia de menosprecio al campo, ese lugar de donde viene, para empezar, la comida que vemos en nuestro plato cada día y a donde recurrimos cada vez que nos volvemos dolorosamente lúcidos en medio del vértigo cotidiano.
Nuestros pueblos están desmoralizados, habitados apenas por los que se han quedado con la resignación como futuro y por los amos, algunos de lo cuales se hacen llamar alcaldes democráticos para seguir haciendo lo de siempre, pero con el sello de D.O. de eso que llaman Estado de Derecho. El futuro planeado para esas “reservas” pasa, indefectiblemente, por servir de paisaje a las especulaciones urbanísticas, turísticas o culturales, a veces amalgamadas en uniones contra natura que, aunque no engañan a nadie, pasan todos los controles de los alcahuetes institucionales. Por eso, cuando a esos lugares llega alguien que proviene del mundo libre, con una misión que en el mundo libre se entiende perfectamente, el conflicto es inmediato y la reacción es tan brutal como cabe esperar de una manada de lobos a quienes tratas de arrebatarles el despojo que se están comiendo.
Esta vez llega la noticia del norte; pero las hay en todos los demás puntos cardinales. Y las habrá hasta que no nos convenzamos de que nuestro mundo rural continúa teniendo unas estructuras sociales arcaicas y que, a la vez que se denuncian los abusos puntuales, hay que poner todo el énfasis en variar esas estructuras, comenzando por crear las condiciones para poder modificar la sumisión, el individualismo y el retraimiento tradicionales que continúan transmitiéndose a los que van quedando, unas personas que tienen tantos deseos como cualquiera de mejorar su vida pero un miedo ancestral al cambio que les hacer volver la espalda a los innovadores, actitud que no ayuda precisamente al éxito de estos. Para ello es imprescindible actuar desde el propio pueblo, con el propio ejemplo y con unas considerables dosis de paciencia y de firmeza. Una cuestión vocacional.
Puede parecer pretencioso decir que nuestro campo es Tierra de Misiones y esa expresión produce reacciones airadas entre los habitantes de los pueblos, cuya curiosa idea de la dignidad pasa por aceptar las vejaciones de las viejas estirpes pero no tolerar una verdad de un forastero. Pero yo creo firmemente que urge plantearse, tal vez como última oportunidad de hacerlo, el futuro de los pueblos, ese territorio secularmente esquilmado pero que es el único sitio donde algún día querremos volver.
No sea que cuando ese día llegue, descubramos que los mismos que motivaron nuestro éxodo masivo a los suburbios de las ciudades han convertido lo que fue nuestra casa solariega en su segunda residencia y no nos quede otra solución que hacer cola para comprar el tíquet de entrada a un remake estilizado del paraíso perdido.
Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por
El perro en el tejado
El perro en el tejado
