15.11.09

¿UNA DE LAS DOS ESCUELAS HA DE HELARTE EL CORAZÓN?

No es cierto, como se dice, que en todos los conflictos cada parte tenga un poquito de razón. Sí lo es que cada parte tiene sus motivos (también llamados razones para legitimarlos). Y que, muchas veces, hay una parte que quiere imponer sus motivos a la otra parte, lo que provoca que la otra parte se defienda.

Todo esto lo sabe el perro, que está harto de observar, desde su tejado, las evoluciones de los que Daniel Quinn llama “takers” en contraposición con “leavers”, en una traducción libre, los “saqueadores” en contraposición a “los que se van” o bien “los que permiten”. Y es que el ser humano es limitado y rara vez aúna en una sola personalidad el amor por la paz y el deseo de conquista; o un espíritu cultivado y una gran ambición de poder; o la creatividad y la práctica de políticas de pasillo.

Vayamos de lo general a lo particular y hablemos del curioso proceso que se está siguiendo en la Escuela de Cerámica de la Moncloa, un lugar fundado por D. Francisco Alcántara en 1911 y que desde 1920 abrió sus puertas en su actual emplazamiento, regida en colaboración por el Ayuntamiento de Madrid y el entonces Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Una colaboración que dio expectaculares frutos hasta la guerra civil. Después de esta, la Escuela, conocida como Escuela de Cerámica de la Moncloa, consiguió sobrevivir con gran parte de su claustro anterior, por la oportuna “conversión” a la Falange de Jacinto Alcántara, el hijo del fundador, que murió en los años cincuenta a manos de un perturbado. El año 1984, marca la separación de la Escuela en dos: Una, la Escuela de Arte Francisco Alcántara, pasó a ser dependiente del Ministerio de Educación, y luego de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid que es de donde depende actualmente. La otra, la Escuela de Cerámica de la Moncloa, continuó siendo municipal. Hasta aquí, la mínima cronología que el perro puede aportar después de haber husmeado en la página de la Escuela de Arte Francisco Alcántara, en el Instituto Cervantes y en varias hemerotecas. Al perro todo le parece muy bien (excepto que mataran al hijo falangista de D. Francisco Alcántara, un Schindler español sin Spielberg que lo cante). El perro ha visto mucho desde su tejado y sabe que, en principio, da lo mismo que las escuelas se unan, se separen o se vuelvan a unir siempre que esos movimientos vengan dados por un deseo de excelencia, o de superación o de experimentación. Siempre que se hagan con la vista puesta en lo único que justifica que exista una escuela, y que es la formación de los alumnos. Por eso, al perro le parece no inexplicable, como luego se verá, sino inadmisible, que de pronto y sin previo aviso se cierre la Escuela municipal a la vez que la Comunidad de Madrid, de la que depende La Escuela de Arte Francisco Alcántara, prepara la implantación (qué horrible palabra) de unos Estudios Superiores de Cerámica. El perro no entiende bien eso de estudios superiores de cerámica. Sospecha que tampoco lo entendería D. Francisco Alcántara, perteneciente a una generación ideológica en la que el artista aprendía su oficio de cabo a rabo o no era artista. Si se considera que los estudios de cerámica deben elevarse al grado superlativo, piensa el perro, tal vez bastaría con dotar a la Escuela de Cerámica de la Moncloa con lo necesario, sea esto lo que fuere, porque el perro, que no es ceramista, no lo sabe, aunque sí sabe que rara vez mejora un proyecto en marcha cuando se comienza por cerrarlo. Mejoran, eso sí, y mucho, los intereses privados de quienes dan el cerrojazo.

Lo que nos lleva a un doloroso tema, que es el desencuentro entre el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid en las personas de sus representantes. Hace ya un tiempo que la presidenta se quiere comer al alcalde, pero no en un sentido amoroso sino en un sentido fagocitador o invasivo que recuerda mucho al avance de un ácido sobre una superficie de metal. La presidenta y su equipo de sumamente ineficaces personas (ineficaces en cuanto a servir a los demás, que es para lo que están, no en cuanto a servirse a sí mismos), no contentos con desarbolar aquello que les corresponde, se proponen desarbolar también lo que está bajo la responsabilidad del alcalde, que a su vez no sabe por dónde le vienen y se refugia en sus sueños olímpicos y sus obras urbanas. Todo ello se observa de maravilla desde el tejado, tanto las dentelladas de la presidenta al alcalde como la forma poco convincente en el que este disimula los mordiscos, quién sabe por qué fidelidades a un partido que mira hacia otro lado. Y por eso es inevitable relacionarlo con la enorme charranada que se le está haciendo a la Escuela de Cerámica de la Moncloa, una charranada que tiene, además, el estilo chulo, desagradable y pleno de ignorancia que se observa desde hace ya tiempo en las intervenciones administrativas.

Lo que el perro no puede entender, sin embargo, es por qué ese desaforado afán de destrucción institucional, que hoy tiene como objeto la cerámica y mañana tendrá otra cosa, tiene que influir en algunos de los alumnos de la Escuela de Arte Francisco Alcántara. Se diría que, en lugar de estar aprendiendo un noble oficio, se están entrenando para tertulianos de algún reality. Una de las cosas que la creación suele dar es, precisamente, perspectiva. Si alguien no es capaz de entender que el cierre injustificado de la Escuela de Cerámica de la Moncloa es una pérdida no sólo para sus alumnos sino para todos los que se dedican al oficio (también los de la Escuela de Arte) es que, o bien es excepcionalmente lerdo o bien es que sus formadores no han sabido hacer su trabajo. Si alguien cree que por cerrar la ECM e “implantar” Estudios Superiores de Cerámica el arte va a ganar con ello es que no percibe la diferencia entre unos gestores honrados y una banda de funcionarios ambiciosos e incultos.

Comenzaba hablando de los “saqueadores”. Se distinguen por ser incapaces de crear nada; su única habilidad es la de apoderarse de lo que otros han creado, y, por tanto, de echarlo a perder ya que no lo entienden. Los otros, “los que se van” llevan en sí mismos la semilla de nuevas creaciones que florecerán hasta llamar de nuevo la atención de los saqueadores. Es la historia del mundo explicada por Daniel Quinn. Una historia con un fin inevitable: cuando los saqueadores se apoderan de todo, cuando no hay ya ni un resquicio para “los que se van”, el mundo se destruye.

Desde el tejado se ve venir esa destrucción, pero también se ven asomar otras posibilidades. La mejor pasa porque los alumnos de la Escuela de Arte Francisco Alcántara, haciendo honor al nombre de su institución, se solidaricen con los de la Escuela de Cerámica de la Moncloa, la municipal. No es una cuestión de altruismo sino de inteligencia. Su apoyo haría posible, seguramente, que “los que se van” no se vayan esta vez. Que no caiga bajo el rodillo de la incultura vestida de seda una utopía hecha barro. Pero conseguiría, además, algo mucho más importante: que se escuchase, clara y distinta, la voz y el pensamiento de quienes se sintieron llamados a dar forma a ese barro con las manos y con el corazón. Que se hiciese evidente la dignidad, el decoro, la independencia intelectual del artista. Que la división, si es que tiene que haberla, no se dé entre diferentes intereses sino entre dos formas de estar en el mundo.

Y tal vez, si esto fuera posible, la estatura de los que hacen cosas comenzaría a hacer sombra a los patéticos andamios en los que se agitan quienes se apoderan de ellas. Y, con el tiempo, no resultaría tan rentable ser un parásito.

Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por

El perro en el tejado

30.11.06

TIERRA DE MISIONES


Me ha llegado un correo hablando de Castro Urdiales, un pueblo de Cantabria; en él se habla del acoso que está sufriendo el actual secretario en funciones del Ayuntamiento debido a que insiste en mantener su independencia como técnico y realizar su función, que es la de informar a los políticos y fiscalizar su actuación. Parece ser que su idea de la deontología no es compartida por el equipo de gobierno, formado por el Partido Regionalista de Cantabria, el partido Popular e Izquierda Unida, ligados en esta ocasión por intereses comunes que compensan con creces sus diferencias ideológicas.
De la lectura de los tres periódicos locales se deduce que el secretario se siente amenazado personalmente por las expresiones y la actitud del concejal de Izquierda Unida, percepción que comparte con él la Junta de Personal y la sección correspondiente de la UGT; sin embargo el alcalde, del Partido Regionalista de Cantabria, resta importancia a los hechos y en sus declaraciones a la prensa emite expresiones despectivas cuando no injuriosas hacia su secretario, poniendo en duda su equilibrio mental.
Sucede además que este proceso está siguiendo casi punto por punto lo sucedido con el anterior interventor del Ayuntamiento, que tras una situación asombrosamente similar que derivó en problemas de salud, pidió la baja de su puesto de trabajo. Lo que nos llevaría a preguntarnos qué pasa en Castro Urdiales si este no fuera un caso más de los muchos que todos conocemos en nuestros respectivos lugares.
Así, de una parte tenemos a un técnico que ha llegado a un puesto de trabajo después de demostrar su capacitación para ello en uno o más tribunales; de otra, a unas personas que han sido elegidas para representar al pueblo luego de una campaña consistente en la enumeración de una serie de promesas lanzadas a la buena fe de los votantes. Los políticos deben gestionar los asuntos públicos y el técnico debe asesorarles en cuanto al procedimiento legal de hacerlo y dar su visto bueno a que todo se produce dentro de esa legalidad. Un plan perfecto que no fallaría jamás si los políticos estuviesen tan convencidos como parecen de que son los representantes del pueblo y no sus amos. Pero esto, admitámoslo de una vez, no es así.
En estos treinta años de democracia hay en nuestro país muchos reductos a los que esta no ha llegado. Arrastrados por la marcha de las grandes ciudades y a remolque de los tiempos, nuestro mundo rural se ha maquillado precipitadamente escondiendo debajo de la alfombra, a mano para sacarla en cualquier momento, su profunda convicción de que “las cosas aquí no van a cambiar”. El cacique se ha atusado con colonia de marca el pelo de la dehesa y ha hecho el paripé ante la ejecutiva del partido que sea, mucho más interesada en poner banderitas en el mapa que en procurar el bienestar de unas personas sistemáticamente ignoradas a lo largo de nuestra larga historia de menosprecio al campo, ese lugar de donde viene, para empezar, la comida que vemos en nuestro plato cada día y a donde recurrimos cada vez que nos volvemos dolorosamente lúcidos en medio del vértigo cotidiano.
Nuestros pueblos están desmoralizados, habitados apenas por los que se han quedado con la resignación como futuro y por los amos, algunos de lo cuales se hacen llamar alcaldes democráticos para seguir haciendo lo de siempre, pero con el sello de D.O. de eso que llaman Estado de Derecho. El futuro planeado para esas “reservas” pasa, indefectiblemente, por servir de paisaje a las especulaciones urbanísticas, turísticas o culturales, a veces amalgamadas en uniones contra natura que, aunque no engañan a nadie, pasan todos los controles de los alcahuetes institucionales. Por eso, cuando a esos lugares llega alguien que proviene del mundo libre, con una misión que en el mundo libre se entiende perfectamente, el conflicto es inmediato y la reacción es tan brutal como cabe esperar de una manada de lobos a quienes tratas de arrebatarles el despojo que se están comiendo.
Esta vez llega la noticia del norte; pero las hay en todos los demás puntos cardinales. Y las habrá hasta que no nos convenzamos de que nuestro mundo rural continúa teniendo unas estructuras sociales arcaicas y que, a la vez que se denuncian los abusos puntuales, hay que poner todo el énfasis en variar esas estructuras, comenzando por crear las condiciones para poder modificar la sumisión, el individualismo y el retraimiento tradicionales que continúan transmitiéndose a los que van quedando, unas personas que tienen tantos deseos como cualquiera de mejorar su vida pero un miedo ancestral al cambio que les hacer volver la espalda a los innovadores, actitud que no ayuda precisamente al éxito de estos. Para ello es imprescindible actuar desde el propio pueblo, con el propio ejemplo y con unas considerables dosis de paciencia y de firmeza. Una cuestión vocacional.
Puede parecer pretencioso decir que nuestro campo es Tierra de Misiones y esa expresión produce reacciones airadas entre los habitantes de los pueblos, cuya curiosa idea de la dignidad pasa por aceptar las vejaciones de las viejas estirpes pero no tolerar una verdad de un forastero. Pero yo creo firmemente que urge plantearse, tal vez como última oportunidad de hacerlo, el futuro de los pueblos, ese territorio secularmente esquilmado pero que es el único sitio donde algún día querremos volver.
No sea que cuando ese día llegue, descubramos que los mismos que motivaron nuestro éxodo masivo a los suburbios de las ciudades han convertido lo que fue nuestra casa solariega en su segunda residencia y no nos quede otra solución que hacer cola para comprar el tíquet de entrada a un remake estilizado del paraíso perdido.
Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por

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20.10.06

CULTURA NEO


Una de las cosas que tiene el vivir en una sociedad hastiada y en una época en la que, tras picotear aquí y allá y atrevernos con todo un poquito, hemos redescubierto nuestra propia historia, es la cultura neo. En la era del photoshop es relativamente fácil; basta con limar, pulir, reinterpretar y, para qué negarlo, mentir. En la cultura neo, los antiguos conceptos son aderezados a nuestra conveniencia para que podamos seguir siendo los que siempre hemos sido pero podamos aparecer como siempre quisimos que nos vieran. La tendencia nace en las grandes ciudades y se suele ejercer en el exterior de ellas, ese lugar al que los urbanitas llaman “el campo”.

Hay muchas subclases dentro de la cultura neo. Hemos hablado en alguna ocasión de los neorrurales, esos entrañables náufragos de la ciudad, que, aunque puedan resultar un poco molestos con su aire agraviado y sus caprichos incomprensibles, suelen ser, por su escaso poder, bastante inofensivos. Pero hoy hablaremos de otras dos subclases que, si separadas constituyen una lacra más o menos soportable, juntas llegan a ser una amenaza: me refiero a los neopijos y a los neodemócratas.

Se entiende por neopijo aquel que, con un nivel de vida desahogado que en su infancia no conoció, se lanza con ingenuo entusiasmo a la gran vida, entendiendo por gran vida lo que le dicta la sección de estilo del dominical de su preferencia.

Se entiende por neodemócrata aquel que ha descubierto que la democracia no es tan perjudicial para él como siempre había creído, ya que, amparado en sus mecanismos, puede hacer valer impunemente su concepto antidemocrático de la vida. La diferencia fundamental entre ellos estriba en que los neopijos suelen ser unos memos vitales mientras los neodemócratas no tienen un pelo de tontos. Por eso, los primeros dan de comer a los segundos, que a su vez les facilitan, a sangre y fuego, la consecución de sus neosueños.

Tomemos por ejemplo un caso reciente. En una zona de Las Navas del Marqués (Ávila), protegida por la Junta de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, a la que de ahora en adelante llamaremos CYL, se aprueba, con todos los permisos de la propia Junta, una tala de árboles para construir una urbanización con campo de golf. El hecho es denunciado por un particular y el Tribunal Superior de Justicia, también conocido como TSJ, estima la denuncia y paraliza el proceso. A continuación la Junta recurre la medida basándose en que ese tipo de restricciones impedirá el desarrollo sostenible de CYL.

Analicemos sin más la simbiosis neopija-neodemócrata del asunto. Por una parte, los neopijos han aprendido en sus guías de estilo que lo imprescindible es tener una casa en la naturaleza donde puedan entregarse al deporte del golf. Por su condición de pijos desprecian las urbanizaciones de adosados, que ellos llaman “acosados” con esa gracia tan sosa que les es propia y de los que reniegan por ser más propios de la clase media-media que de la clase media-alta, que es a la que ellos han pasado a pertenecer recientemente, distinción esencial que nunca debemos olvidar. Por otra parte, por su condición de neos no contemplan la posibilidad de comprarse hectáreas y hectáreas de terreno para ellos solos en lugares peligrosamente alejados de Madrid, donde no sabrían qué hacer porque su guía de estilo no lo dice. La solución es, pues, habitar en chalets individuales pero vecinos dentro de una zona protegida de todos menos de ellos. Como son gente implicada, prometen replantar los árboles que talan e incubar huevos de cigüeña negra en su propio jardín individual, con lo que los niños estarán como locos, que es, en su jerga, la máxima expresión de la felicidad (un dato).

Y aquí es donde entran los neodemócratas. Hay que conseguir cosas bastante molestas y muy aburridas, como recalificaciones, permisos, todo eso. Hay que dar legalidad al asunto porque los neopijos pertenecen a mundos respetables y quieren a sus hijos y practican zen a tope y escuchan buena música y tienen perro al que no abandonan. Y los neodemócratas, que militan aleatoriamente en todos los partidos políticos, hacen fácil lo complicado y lo justifican con cuestiones tan respetables como el desarrollo rural, con lo que los neopijos, que, como he dicho antes, son unos memos vitales, se quedan tan tranquilos.

Y pudiera ser que algún día, merced a ese neomaridaje, nuestros espacios naturales se convirtieran en un inmenso Club de Campo, donde niños rubios pasearan de una cadenita a pollos de cigüeña negra mientras sus madres, de camino entre dos hoyos, planeasen con sus maridos una excursión familiar a ese Centro de Interpretación de un sitio fabuloso al que los antiguos habitantes de CYL solían llamar bosque.

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21.9.06

DESDE DENTRO
(A mi estimada señora de Medina del Campo)


Hablaba Ortega de europeizar España y Unamuno de españolizar Europa con ese desparpajo con el que hablaban los próceres en las postrimerías de la Edad de la Inocencia, sólo un poco antes de que se nos helasen la sonrisa y las ideas al toque de turuta de lo que pasó a ser durante mucho tiempo la cruda y cutre realidad. Luego, cada cual reaccionó según su carácter: uno se murió y el otro siguió siendo estupendo en Argentina, porque así son los próceres, primero te roban el corazón y luego te dejan solo y esto es algo tan sabido como inevitable.

Como España era por aquel entonces Una, Grande y Libre, no importaba nada que el dinero y la industria se concentrasen en las principales ciudades, Madrid, Barcelona, y Bilbao, y hacia allí se desplazaron, entre otros, muchísimos castellanos que en sus pueblos se morían literalmente de hambre y en sus pequeñas capitales de provincia languidecían sofocados por comentarios maliciosos, recelos y suspicacias mutuas, aridez de pensamiento y fervorines obligatorios.

Se marcharon los que pudieron que, aunque no siempre fueron los mejores, sí que mejoraron en ese exilio como le sucede al que alcanza, por pequeño que sea, un avance en su libertad personal. Ellos, junto con otros, conformaron el nuevo rostro de aquellas ciudades y colaboraron en esa mentalidad que en la meseta dábamos en llamar “cosmopolita” para diferenciarla del rancho eterno del que nos alimentábamos. Ellos se hicieron madrileños, catalanes y vascos y transmitieron a sus hijos el amor por la única tierra que se había dejado amar por ellos dándoles la oportunidad de demostrar y demostrarse que no eran los acobardados fatalistas abúlicos que temían ser en las eternas tardes de chismes y hastío de su rincón natal. Y cuando volvían, si es que volvían, valoraban la distancia entre el antes y el después y, si tenían algún afecto a los que se habían quedado, les apremiaban: “Vente conmigo. Aquí ya no hay nada que hacer”.

De modo que no es extraño que en una tierra donde está por llegar el concepto mismo de autoestima, las personas oscilen entre el menosprecio a lo que es suyo (con su correspondiente maltrato) y la ridícula exaltación de lo autóctono implantada desde las instituciones según convenga al puntual momento político. Hay tanta desconexión como desconfianza entre gobernantes y gobernados, mucho mayores ambas que en el resto del país, porque esta tierra lleva demasiados años sirviendo de botín a los caciques, desde el alcalde iletrado del pueblo más pequeño hasta el niño mal de casa bien adjunto a un cargo inútil en la Cosa Pública. Y así es difícil que cuajen no ya las iniciativas “culturales”, sino simplemente las iniciativas.

Pero no creo necesario exportar o importar ningún estilo de vida, como pensaban nuestros candorosos noventayochistas, sino modificar las propias estructuras, sobre todo cuando está probado que son ellas las que se han quedado obsoletas. Castilla necesita con urgencia una terapia que nos libere del miedo y de la culpa, dos de los puntales de nuestra idiosincrasia colectiva. De ahí a asumir el propio destino sin esperar redentores ni someterse a los amos no hay más que un paso, que se llama dignidad; la responsabilidad, que es la capacidad de dar respuesta, suele venir después y sólo desde ese lugar puede comenzar a intuirse el significado de la palabra libertad, sin la cual, aunque se vista de seda la mona del oportunismo político, no habrá nunca cultura.

Un camino menos largo de lo que parece a primera vista, y que, en todo caso, otros han recorrido antes que nosotros demostrando que se puede. Falta unión y sobran parásitos. Como por suerte ya no van armados, es cuestión de, unidos, volverles la espalda, de dejar de votarles, de retirarles nuestra consideración, de hacerles ver que ya no tienen gracia. Los parásitos son extremadamente sensibles al entorno y mutan con gran facilidad; sería utópico desear que desaparecieran pero cada sistema está capacitado para soportar a un determinado número de ellos; simplemente se trata de que perciban la necesidad de actualizarse. Entonces será más fácil el cambio.

Y pudiera ser que un día comenzásemos a confiar en nosotros mismos y se nos cayera la costra del cazurro con la que hemos cubierto nuestro desamparo. Entonces nos daríamos cuenta de lo mucho que tenemos para aportar sin necesidad de abandonar nuestra casa. Y la alegría sería tanta, que habría merecido todas las penas.

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11.9.06

VACAS SAGRADAS



Existe la creencia en el hinduismo de que las vacas encarnan el principio de la vida, una especie de diosa-madre de la humanidad; por eso se las venera hasta el punto de que nadie osa moverlas del lugar donde ellas se instalan, lo cual provoca a veces atascos de tráfico y otras incomodidades. En Occidente, un lugar en principio monoteísta, el fenómeno de las vacas sagradas ha prendido entre la clase intelectual, de modo que en cualquiera de los círculos que la componen existen individuos a los que nadie osa mover del lugar donde en su día se instalaron a pesar de las muchas incomodidades que provocan, amén de los atascos producidos en el normal fluir de las ideas.

Ahora bien, aunque no nos consta la idea de sí mismas que tienen las vacas hindúes, parece lógico pensar que estos animales no se sienten afectados por la veneración que suscitan, y pasan su vida en tanta ignorancia de su excepcionalidad como indiferencia ante las muestras de respeto de sus adeptos. Si alguien, por ejemplo, las pusiese una correa alrededor del cuello y se las llevase al matadero le seguirían con la misma tranquila actitud que cuando, adornadas con guirnaldas de flores, se acomodan en mitad de un paso de peatones para sestear a la hora del calor. Lejos de eso, las vacas sagradas occidentales suelen ser muy sensibles ante el trato recibido. Donde el animal no se cree lo que sus fanáticos profesan, el humano va por delante de ellos y vigila con gran inquietud que no se muden las muestras de devoción que mantienen intacta su sacralidad.

Por otra parte, mientras en la religión hindú está muy claro que toda vaca es sagrada por el hecho de ser una vaca, entre los intelectuales no existe un criterio claro acerca de la elección del ídolo; además, casi todos ellos suelen profesar el agnosticismo, cuando no una postura declaradamente contraria a toda doctrina religiosa, por lo que, descartado el elemento mágico o espiritual, al observador le resulta especialmente complicado dilucidar en base a qué convención o pacto uno de entre muchos intelectuales deviene VS con la tácita aceptación de su círculo.

Hay, sin embargo, un dato que se repite con suficiente frecuencia como para apoyarnos en él: la vaca sagrada no es el individuo más brillante de su entorno, ni tampoco el más apreciado fuera de él; sí es, sin embargo, el más circunspecto y alejado, desde su juventud, de las cosas de este mundo. Se espera de de una vaca sagrada que haya sufrido mucho y se comporte con dignidad. Una vaca sagrada que disfruta de su éxito con desenfreno y se entrega a la jarana se queda sólo en vaca. No obstante, se da el caso de algunas VSs que devienen bastante pellejas con el paso de los años, cosa que suele ser contemplada por sus adeptos con cariñosa anuencia y justificada ante los demás con todo tipo de argumentos vitalistas de última hora, porque otra característica que distingue a la VS es su nula capacidad de aceptar ser cuestionada. La VS y su círculo de adeptos consideran un sacrilegio cualquier crítica, y se sienten legitimados para proceder contra el hereje con todos los medios a su alcance que, por fortuna, no incluyen hoy en día la pena de muerte.

A falta de poder omnímodo, la vaca sagrada ha desarrollado la habilidad de la autocompasión, que utiliza sabiamente asistida por sus adeptos y con lo que consigue en muchas ocasiones que las personas que no la reconocen como tal, sean silenciadas o consideradas culpables de lo que la OMS clasificará algún día como SVT o Síndrome de la Vaca Triste, que es el estado de melancolía en el que se sumerge la VS desde que aparece en su horizonte una sombra que amenaza su preponderancia hasta que esa sombra desaparece y luce de nuevo el sol de la Incuestionabilidad. Sin embargo, la delicadeza de la VS hacia sí misma es directamente proporcional a su ferocidad hacia los que no aceptan su señorío o se oponen a sus momios, lo cual es comprensible si pensamos que la VS se tiene por alguien superior a los demás. Por eso, lo que hace o dice debe ser siempre valorado en su contexto, ya que fuera de él podríamos juzgar su proceder como despótico en lugar de cómo patológico e incluir a su grupo en la clasificación de mafia en lugar de en la de secta, que es la que le corresponde.

Las vacas sagradas son, cada vez más, una reliquia del pasado, pero su modo de vida puede resultar tentador para las nuevas generaciones, por lo que sería muy conveniente comenzar, suave pero firmemente, una terapia social en sus ámbitos de influencia. Porque pudiera suceder que, en lugar de caminar hacia una mayor lucidez, nuestros descendientes fuesen gobernados por confusos enclaves desde donde los mediocres dictarían de forma oscura pero eficazmente dañina un ominoso porvenir.

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El perro en el tejado

28.8.06

"ESCENARIOS PARA UN NUEVO MUNDO" Ó LA ERA DEL PANEL



Hubo un tiempo en el que las Exposiciones eran respetables. Porque permitían conocer cosas que habitualmente estaban fuera de nuestro alcance y que ampliaban nuestra perspectiva artística, científica o histórica de un modo en el que cuando salías de la exposición sabías más del tema que anunciaba que antes de entrar en ella, y lo sabías de una manera específica e insustituible, que era de lo que se trataba. No había tantas exposiciones, entonces, ni tampoco los que las visitábamos presumíamos de ello, como ahora, con esa “respetuosa concupiscencia” que definió Sartre como el implorante anhelo de encontrar un alma gemela que acosa al mortificado corazoncito del intelectual de diseño.

Sin embargo, hace ya años que las exposiciones proliferan como los azulejos de mal gusto en la casa de un nuevo rico. Hemos conseguido dinero para cultura antes que la propiamente dicha y eso se nota.

Luego de visitar varios de estos lugares durante los últimos años, he conseguido sumergirme en la cultura del panel, cosa nada fácil. Consiste en permanecer de pie frente a un texto que ocupa más o menos la estatura de un ser humano y en el que con letras de variadas dimensiones se nos ofrece la misma información que podemos obtener cómodamente sentados leyendo un libro. Esta actividad puede realizarse, según el día, solos o acompañados de otras personas con las que se comparte lectura de panel y una proximidad no siempre deseable. Luego de leído el texto, se traslada uno mansamente de panel en panel a lo largo de un itinerario mural interrumpido a veces por una urna donde hay que agolparse para observar una polvorienta reliquia desmayada sobre base de metacrilato. A la salida, suele comprarse un lujoso y carísimo catálogo que viene a reproducir el texto de los paneles precedido de algún prólogo altamente emocional. Y eso es todo.

Sin embargo, tal feracidad a la hora de mostrar esto y aquello no sería posible sin la figura de la Conmemoración. ¿Por qué habría yo de exponer, sin temor al escarnio, tres botones pertenecientes a los calzones de un individuo que deambuló por Donde Sea a principios de No Sé Cuándo? Pues porque un Insigne anduvo cerca en fechas similares y de eso hace ahora un número redondo de años. Eso lo cambia todo, especialmente si lo explico en un panel y obligo a pasar por allí, sin asomo de piedad, a los institutos de la zona, las asociaciones de la tercera edad y las aulas de cultura para señoras.

Este año, por ejemplo, hace quinientos que Colón tuvo a bien morirse en Valladolid. Y a pesar de que fue de muerte natural, los habitantes de Región estamos siendo castigados por ello como si le hubiésemos matado en rito comunitario con un sinfín de eventos colombinos que desafían lo razonable, como es un ejemplo la propuesta de “Colón solidario” que campea en el programa que se exhibe en la Plaza Mayor y que seguramente mataría de risa al Almirante si se levantase de su tumba. En Medina del Campo, que se siente especialmente cerca de Colón por aquello de la Reyna cuyo fallecimiento, por cierto, se conmemoró también en su momento con bastante daño, los responsables del ámbito cultural se han arrancado con una exposición especialmente lacerante. Se llama “Escenarios para un nuevo mundo”, un título tan sugerente como suelen serlo los de este tipo de fiascos, lo cual los hace aún más dolorosos. Y se exhibe en el Castillo de la Mota, una maravillosa fábrica renacentista restaurada recientemente e infrautilizada por falta de gestores eficaces, como suele suceder. La exposición se ha construido alrededor del patio, donde podemos ver unos grabados de lugares por los que Colón pasó a lo largo de sus viajes o bien estampas que reproducen momentos de su historia; la cosa es así: panel con una cita histórica que dice que el Almirante desembarcó en tal sitio o vivió en tal otro; y al lado, un grabado de ese lugar o una estampa que lo ilustra. Como la deconstrucción de un folleto divulgativo de esos que antes se regalaban.

¿Qué pueden perseguir con ello los responsables de esta exposición, descartando el que se quieran reír de nosotros? ¿Tal vez se han inventado la exposición “crecedera”, es decir, la que quitando una estampa aquí y un grabado allá y maquillando los paneles les servirá para conmemorar otra muerte de alguien que estuvo en sitios similares? Una explicación que se me ocurre es que las personas que idean este tipo de exposiciones no valoran el hecho de que vayan a ser vistas, sino el catálogo que van a sacar de ellas y que, luego de dar beneficios a este y aquel, engrosará su curriculo de “funcionario cultural”, bonita antinomia que no se pasa de moda últimamente. Por eso, pasando por encima del ridículo, que es una variante que no valoran, nos ofrecen esta “cocina casera”, contando con la resignación que aqueja al consumidor de esta sociedad saciada y en trance de degeneración.

Y es posible que, de seguir así, los años futuros no se cuenten por números sino por el Evento que se conmemora y nuestra vida sea un transcurrir de Panel en Panel hasta que dentro de quinientos años, llegue el turno de conmemorar al venal creador de la Exposición Vacía. Entonces nos veremos a nosotros mismos, cinco siglos más jóvenes, agrupados en torno al primer panel de la Era de la Vacuidad que ahora comienza. Y será el fin del mundo.

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El perro en el tejado

18.7.06

CONTRACORRIENTE



Últimamente se ha saludado en Región la aparición de una publicación periódica que se define de pensamiento crítico y que nace con la intención de ir contracorriente, según declararon sus redactores en el acto de su presentación provocando la emoción de las señoras. El concepto contracorriente, tan amplio, se concretó en dos objetivos que allí se enunciaron: contra el nacionalismo y contra lo políticamente correcto.

Pero aunque cualquier brote de provocación intelectual sea siempre de agradecer en Región, no creo que ir “contra el nacionalismo” pueda definirse exactamente como “ir contracorriente” en el corazón de Castilla. En cuanto a la entrañable pretensión de ir contra lo políticamente correcto, que es algo que comienza a ser necesario en algunos países civilizados, resulta en este caso un anhelo algo anticipado. Porque para poder ir contra lo políticamente correcto es preciso primero que lo políticamente correcto se instaure. Y aquí ese momento está por llegar. Tal vez influenciados por algunas de las hipocresías con las que los anglosajones redefinen lo que desprecian, nos hemos equivocado y creemos que evitar el insulto o el acoso sexista es políticamente correcto; pero no: eso es sólo buena educación. El que en el mismo discurso de la presentación, por ejemplo, se hablase de “mujeres que están buenísimas” no fue, siento decirlo, un desafío erudito sino una ordinariez.

Pero dejando esto aparte, así como la excelente maquetación y diseño de la revista, en su interior nos encontramos las mismas opiniones que podríamos encontrar en el noventa y cinco por ciento de los cafés de la ciudad. Tal vez por eso, el noventa y cinco por ciento de los ciudadanos se han quedado encantados, y lectores y revista de pensamiento crítico se respaldan mutuamente. A mí esta concordia me parece un espectáculo edificante, pero me pregunto qué parte de la palabra “contracorriente” no acabo de entender. Me explica un amigo que conoce esta ciudad más que yo que existen ciertos círculos intelectuales y políticos contrarios a las tesis de esta publicación. Pero entonces, colijo ya en el colmo de la confusión, serán estos círculos los que vayan contracorriente en esta ciudad, y no la revista de pensamiento crítico que coincide con el sentir general.

Un fenómeno habitual en las comunidades muy estructuradas es la cuota rebelde. Siempre existen héroes de causas ganadas que, tras anunciar su candoroso deseo de ir contracorriente, arremeten contra las ideas que triunfan en otros lugares pero que en el propio apenas asoman y luego critican un poquito la política municipal, que es lo que hacemos todos cuando queremos estar de acuerdo en algo. Se consigue así machacar cualquier conato de innovación adoptando formas partisanas.

Pero ir contracorriente no es algo que uno se proponga hacer, sino algo que uno hace, sin más y muy a su pesar como consecuencia inevitable de una coherencia entre pensamiento y vida. No es algo que se anuncie a los demás, ni se celebre; no tiene nada que ver con los exabruptos, ni con los ajustes de cuentas y, aunque a menudo es castigado, no lleva consigo más premio que la íntima y callada satisfacción de asumir el propio destino. Y me parece muy importante diferenciar ambas actitudes, porque la instrumentalización de la rebeldía, a pesar de ser tan antigua como el abuso, sigue resultando enormemente eficaz.

No sea que algún día lleguemos a creer que nuestros pataleos consentidos constituyen una militancia y que somos tan grandes como la sombra que proyecta en la pared de nuestra caverna la vela encendida por la condescendencia del Poder.

Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por

El perro en el tejado

18.6.06

BANAL REGIÓN


Existe en Región una arraigada costumbre de dar por bueno lo que se dice en público más de dos veces, como si no sólo las sentencias judiciales sino también las otras tonterías creasen una jurisprudencia de la simpleza. Costumbre atribuíble sin duda a la pereza, pero también a esa ingenuidad cachazuda con la que aquí suele aguardarse lo maravilloso. Y uno de esos desatinos tenidos como ciertos es el de que los pueblos moribundos revivirán con el advenimiento del Turismo Cultural.

Lo que aquí se llama, con delicioso candor, Turismo Cultural viene a ser una excrescencia del Turismo Rural, también saludado como presunto salvador por el balido de las diezmadas multitudes que van quedando en estos despoblados. Ambos se diferencian, básicamente, en que el Turismo Rural viene a comer y a constatar que en el campo hay bichos y el Turismo Cultural viene a comer y a visitar lo que ellos llaman “piedras”. Al perro, que ve llegar desde su tejado autobuses de inermes colectivos en visita guiada, coches de familias errantes y motos de parejas consumidoras de paisaje y lechazo, no se le alcanza cómo van a revivir así los pueblos moribundos: como mucho, sus viejos habitantes se divertirán bastante, mientras cultivan la fase terminal, comentando los fantásticos atuendos de los turistas.

La cuestión, piensa el perro, es que una vez más se ha comenzado la casa, ¡ay!, por el tejado. De nuevo se quiere tener, sin esfuerzo, lo que en otros sitios ha sucedido como resultado de años de trabajo y disciplina. Y eso, no es que sea imposible, que lo es, sino que además lleva indisolublemente aparejado el sucedáneo, la adulteración y el ridículo.

Sin duda los adeptos a la Teoría del Turismo Redentor tienen en sus mentes ciudades como Florencia, París o Barcelona. O los campos de la Toscana o el Midi francés. Lamentablemente, no se han dado cuenta de que fue París el que atrajo a sus turistas y no los turistas los que hicieron París. El turismo, que en estos páramos era, hasta hace muy poco, sinónimo de mujeres rubias en pantalón corto, se corresponde con el lugar que elige visitar. El turismo cultural (el de verdad) elige visitar lugares con cultura. Pero la cultura, que en Región era, hasta hace muy poco, sinónimo de agitación política, y que hoy se tolera porque se confunde con el folklore, con las ruinas y con el entretenimiento, se da en los lugares que la propician. Y propiciar la cultura no consiste, como piensan nuestros políticos, en carteles de diseño ni en catálogos deslumbrantes ni en exposiciones insulsas a mayor gloria del que las promueve; ni tampoco en meterse a reconstruir por las bravas las ruinas locales con el único norte de que venga a inaugurarlas el Presidente de la Diputación. La cultura surge de los pueblos, de forma natural, como expresión de la estima por lo propio. Y esa estima surge cuando el pueblo tiene conciencia de su dignidad, lo que sucede cuando se le trata dignamente. Ese es el itinerario.

El perro, que tiene algo de trotamundos, recuerda otros Turismos. Son aquellos que visitan la decadencia. A veces se llaman Reservas, a veces Paraísos, a veces Antiguas Civilizaciones. Da igual. A pesar de la enorme cantidad de personas que pasan por ellos, esos lugares no progresan, porque si progresaran el negocio desaparecería. Y para que eso no suceda, los vendepatrias convencen a sus paisanos de que todo lo que pueden esperar de la vida es ofrecer a los turistas sus postales, donde postales es sinónimo de cualquier cosa.

El perro, si pudiera, gritaría desde su tejado que la salvación nunca viene de fuera; que a veces basta con librarse de los que la impiden desde dentro. No vaya a pasar que Región, a la que llegó a definirse como Cuna de Civilizaciones, se convierta en un inmenso Parque Temático de lo Banal gestionado por personajillos obsequiosos que, a la puerta de sus museos de cartón-piedra atraigan a los turistas con conciertos de zanfona y chuletillas a la brasa.

Son cosas que aún están lejos, muy lejos, pero que ya asoman por el horizonte. Ya pueden ser intuidas, olidas, divisadas por

El perro en el tejado
(EL MUNDO DIARIO DE VALLADOLID Tribuna Libre 18 de junio de 2006)